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El mundo del motor está madurando. Y qué difícil es crecer.

written by Héctor Jáñez 25 septiembre, 2017
El mundo del motor está madurando. Y qué difícil es crecer.

Desde siempre ha habido personas a las que la madurez les ha encontrado de forma prematura, mientras que otras se han cruzado con esta en momentos más concordes de su vida. Algunos simplemente han preferido negar la evidencia de los alegóricos números que referencian la edad, para romper con todos los estándares sociales y vivir liberados de la corriente continua del actual convencionalismo. Mi madurez quiso ser algo más imparcial ya que llegó de la mano de la paternidad, y junto a ella, los asaltos de numerosas dudas e inquietudes. Pero tranquilos, a pesar de una palpable desemejanza todo esto que os acabo de contar tiene mucho que ver con los coches.

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De bien pequeño, cuando apenas había empezado a sentir predilección por los coches, mi situación no era precisamente la de una persona rodeada de familiares o amigos que compartiesen mi pasión. Quizás algunos en cierta medida, pero no a los enfermizos niveles que algunos de nosotros ya sabemos. Todo esto lo he masticado yo sólo desde bien pequeño, año tras año, cuando llegaba la hora de escribir la carta a los reyes, la mía siempre era breve y tajante: “Queridos Reyes Magos, este año quiero más coches“. Obviamente los coches eran a escala, hasta que empecé mi carrera laboral y pude convertirlos al natural. Las miniaturas 1/43 de Burago, las ediciones limitadas de Majorette, la colección de cromos de Motor 16 o mi primera revista de coches, —el número 1714 de Autopista— la cual cayó en mis manos por cortesía de un generoso kiosquero de mi barrio, fueron algunos de los nutrientes que alimentaron una pasión que terminó por bifurcarse en profesión.


¿En 2035, cómo le explicaremos a nuestros hijos lo que era la puesta a punto de un carburador o un cruce de válvulas?


Los coches fueron despertando en mí tal frenesí que llegué al punto de obligar a mi padre a hacer unas peculiares rutas ‘turísticas’ por todos los desguaces de la zona. Increíble pero cierto. En un corto espacio de tiempo los desguaces se convirtieron en uno de mis fetiches preferidos dentro del mundo del automóvil. Lugares que irónicamente, hoy en día me resultan cuanto menos siniestros.

Crecí entre un viejo Renault 5 TL, un SEAT 127 Especial y un flamante 1430 de tercera serie. De este último aún recuerdo su precioso techo vinilado. En aquella época para mí, mis tíos eran héroes sólo por el hecho de sentarse tras el volante y poder pilotar aquellas flamantes máquinas de color blanco, y los domingos, eran sin duda el día más codiciado de la semana. Las comidas en casa de mi abuela y la comitiva de vehículos en la puerta de su casa, SEAT licencia FIAT en su mayoría, no hacía sentir a mi estómago mariposas, si no un torbellino de aguiluchos laguneros. Era como si todos los domingos fueran el día antes de reyes. Recuerdo comer sin pausa, apenas sin masticar engullendo cual pelícano, para terminar cuanto antes y poder ir a catar mi ‘postre’. Durante un rato podía huir del austero R5 de mi padre e introducirme en el mundo de los salpicaderos de ‘madera‘, los cuenta revoluciones y la fragancia de los Weber de doble cuerpo.

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Sentarme tras su volante, limpiarlos, analizar cada detalle y revisar una y mil veces los manuales de usuario, era mi pasatiempo favorito. De vez en cuando, casi como algo utópico, alguno de mis tíos me concedía el honor de dejarme manipular las llaves e incluso arrancar su SEAT. Ese día se convertía en un histórico para aquel niño de siete años. Actualmente el entretenimiento que se usa para los críos comprendidos en estas edades mientras uno está de charla con un amiguete o tomándose un refrigerio, suelen ser los teléfonos móviles o las triunfales tablets. Mis padres lo único que debían hacer para que dejara de dar el coñazo, era sentarme en la parte delantera de cualquiera de los coches de sus amigos. Recuerdo estar tras el volante de un SEAT Ritmo, un Dyane 6 y de algún que otro Renault 11. Cómo me gustaba el original volante del R-11. Llegué a conocer prácticamente cada una de las voces de cada marca y aún a día de hoy, me invade una gran nostalgia al percibir la fragancia de los motores sin catalizar.

Paradójicamente ahora soy joven pero ya voy teniendo una edad, y mi hija con tan sólo cuatro años empieza a diferenciar con bastante elocuencia lo que es un BMW y lo que es un Renault. Lo ha vivido desde que nació y en casa lo respira a diario. Eso sí, lo de quedarse sentada tranquilamente analizando todo el interior del coche no le va en absoluto. Y creo que ni a ella, ni a ningún niño contemporáneo. Es triste que en las nuevas generaciones, aquellos momentos tan elementales y a la vez mágicos no vuelvan a causar ese perpetuo entusiasmo, a no ser claro, que tu coche tenga pantalla táctil, DVD y Wifi. Qué disparate Dios mío. Estamos viviendo tiempos en los que las nuevas generaciones nacen en una burbuja tecnológica que, para bien o para mal les timonea. Una burbuja tecnológica que de forma inminente destruirá el mundo de la automoción tal como lo conocemos, en un reducido espacio de tiempo. O qué digo, si ya prácticamente lo ha destruido. En el momento en el que quieres adquirir el modelo que siempre tanto te apasionó, y el propio concesionario te certifica que no tienes posibilidad de algo tan trivial como un cambio de marchas manual, el automóvil como tal, comienza una inminente degradación.

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El mundo del motor está madurando y lo está haciendo a pasos agigantados, por eso dentro de 18 años nuestros hijos, en plena flor de la vida, no conocerán la cohesión entre el talento y la satisfacción que derrocha un 6 cilindros en línea a 6.200 vueltas. No sabrán lo que es un motor multivalvulas y para ellos, hablar de inyección directa será como intentar estudiar las guerras púnicas. Simple y tedioso pasado.

El mundo del motor está madurando, pero eso no implica que yo vaya a educar a mis hijos para que admiren a Elon Musk en lugar de a Henry Ford o a Giuseppe Busso. ¡Ni hablar! Mis conocimientos y mis vivencias lo impiden, y al menos mientras yo pueda, entre ejércitos de supercargadores y montañas de litio devorando grandes magnitudes de corriente eléctrica, sabrán cuales fueron los auténticos orígenes del automóvil. Pero también sabrán de primera mano cual fue su final. Aprender como funciona un coche, como se alimenta, como sufre y cómo y por qué muere su motor, es una experiencia preciosa.


Si miramos al frente, hacia el 2030, marcas como Toyota, Honda o Lexus ya están carburando importantes versiones autónomas, coches de hidrógeno y una evolucionada gama híbrida.


El mundo del motor está madurando, aunque no en nuestro pedacito de ser asociado a él. Ese pequeño espacio en nuestro córtex cerebral, junto esas conexiones sinápticas transcribiendo recuerdos, vivencias, información y sobre todo, manteniendo a flor de piel nuestra pasión por el automóvil. Eso no madurará nunca.

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Todo romántico debe pagar un precio, incluso si este es mecánico, y por eso os decía al comienzo de esta cita aquello de que la madurez es imprevisible y nunca sabes cuándo llegará ni por qué motivo. A la automoción le ha llegado el momento, quizás demasiado pronto o quizás demasiado tarde, dependiendo del veredicto personal de cada uno y de los criterios que lo sostengan. La cuestión es que el mundo del motor está madurando. Ha llegado el momento de dejar marchar al feliz, enérgico y aventurero niño; ese al que nada le preocupa y que mira la vida por un cristal altruista, y dejar salir al tedioso y tradicional ‘hombre de bien’.

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