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La surrealista historia de los hermanos Whittington. Del podio de Le Mans a prisión.

written by Héctor Jáñez 27 agosto, 2021
La surrealista historia de los hermanos Whittington. Del podio de Le Mans a prisión.

 

Los hermanos Whittington forman parte de algunas de las más vehementes crónicas del motorsport norteamericano comprendido en las décadas de los 70 y 80. Naturales de Lubbock, Texas, con apenas tres años de diferencia entre ambos, se involucraron en el mundo de la aviación a principios de los años 70, lo que ya por entonces les proporcionó una importante posición económica. Durante el ocaso de la década decidieron desviar sus inversiones hacia las competiciones de coches, y lo hicieron por todo lo alto; participando en las 24 Horas de Le Mans de 1979. Dada su falta de experiencia y escaso renombre en el sector, cada uno de los hermanos tuvo que abonar la cifra de 20.000 dólares para poder conseguir un volante en la carrera de resistencia por excelencia. Ya durante aquel periodo el dinero no parecía ser un problema para ambos, si bien a través de éste lograron un puesto en el equipo KREMER Racing, quienes previamente también habían contratado la destreza de Klaus Ludwig para el evento. Con el astro alemán y la llegada de los Whittington el equipo parecía estar completo, pero no todo transcurrió de forma tan elemental. Al parecer, la gran brecha de experiencia que se extendía entre los tres pilotos supuso un problema desde el principio ya que, prudentemente, KREMER decidió que Ludwig comenzara la carrera haciendo acopio de su experiencia. El inicio de una carrera no solo es uno de los puntos más álgidos de la misma, si no que también es uno de los más peligrosos. La proximidad del resto de vehículos, la inquietud del funcionamiento del vehículo e incluso la falta de concentración por parte de algunos pilotos debido a distintos factores, provocan un sin fin de accidentes durante este trecho.

 

 

La decisión de KREMER dio lugar a cierta discusión. Los hermanos Whittington se mostraron molestos al caber la posibilidad de que Ludwig, al salir primero, sufriese un accidente o quedase descalificado. Por ende, ambos no podrían pilotar ni un solo minuto en la Sarthe, desperdiciando así sus 40.000 dólares. Cuando los Whittington preguntaron que porqué Ludwig saldría primero, Erwing Kremer, director y dueño del equipo, les concedió una teoría más que razonable: ‘Ludwig cuenta con mucha más experiencia y sabrá desenvolverse mucho mejor entre el copioso tráfico del inicio de carrera’. Aquel año, el equipo contaba hasta con cuatro chasis Porsche 935 en parrilla, dos de ellos con especificaciones K3 y otros dos coches pretéritos con chasis #930. A pesar de que Bill Whittington, justificando el abono de su dinero insistía en que ellos debían pilotar desde el inicio, Kremer fue tajante alegando que él dirigía el equipo y que la decisión estaba tomada. A la desesperada, Bill Whittington preguntó a Kremer si había alguna posibilidad, por remota que fuera, de que ellos pudieran pilotar primero. Con ciertos tintes de broma Kremer respondió: ‘Podéis comprar directamente el coche. Cuesta 200.000 dólares‘ Lo que sucedió a continuación dejó de piedra a los hermanos Kremer. Los Whittington fueron a su caravana y regresaron con una bolsa de deporte que contenía 200.000 dólares en efectivo. Cabe decir que el propio KREMER, como equipo, venía ofreciendo los chasis K3 a un precio bastante más razonable, sin embargo, aquel ofrecimiento parecía ser más una maniobra para apaciguar la ambición e insistencia de los hermanos, que una proposición formal. Finalmente les salió teóricamente “mal”. Bill Whittington, el hermano mayor, entregó la bolsa con el dinero y fue claro:  ‘Nosotros pilotaremos primero. Lo haremos durante las dos primeras etapas y Ludwig conducirá el tercero‘.

 


A pesar de que el Porsche 935 K3 corrió y fue inscrito como un chasis del equipo KREMER, realmente, antes de darse la salida de carrera, el coche ya pertenecía a los hermanos Whittington.


 

La carrera se disputó sin demasiados inconvenientes para el equipo. Es más, la intensa lluvia provocó que los prototipos más poderosos, monoplazas que carecían de parabrisas, se vieran ralentizados por aquellas condiciones climatológicas. Aprovechando la coyuntura, el Porsche 935 de KREMER comenzó a ganar posiciones bajo la lluvia al ser éste un coche de producción con carrocería cerrada dotada parabrisas. Durante toda la carrera, los hermanos Whittington hicieron un buen papel sobre la pista, aunque cabe decir que los ejercicios más arduos corrieron por cuenta de Klaus Ludwig. Así es como durante su debut oficial en las carreras, los Whittington lograron ganar las 24 Horas de Le Mans de 1979. ¡Con su propio coche!

El éxito en la Sarthe supuso un aliciente para que la ambición de los hermanos en torno a las carreras se disparara. Ese mismo año deciden comprar el autódromo de Road Atlanta, ubicado en Braselton, Georgia. Posteriormente, éste fue un circuito que albergó algunas carreras notables de la IMSA, Trans-Am, Can-Am e incluso de la Busch Series, pero aquella era una época en la que la pista era más bien discreta y aún no había conseguido albergar cierto impulso mediático. Su característica más destacada era la prolongada recta que disponía, siendo ésta la mas larga de todos los circuitos que se desplegaban a lo largo del país.

 

 

Cuenta la leyenda que además de realizar las habituales incursiones con sus vehículos de carreras sobre el circuito, los hermanos Whittington comenzaron a utilizar la propia recta del mismo como pista de aterrizaje para la entrada de aviones cargados de droga. Al parecer, la mercancía entrada de Sudamérica era posteriormente almacenada en algunos edificios colindantes, todo ello llevado a cabo durante la discreción que les proporcionaba la noche. Para ejecutar este objetivo, los hermanos habían comprado una compañía de aviones de alquiler para trazar un plan maestro. Dos de aquellos aviones volarían de noche, muy próximos, para que uno de ellos, lleno de mercancía, aterrizara en la recta del circuito, mientras que el segundo, para desviar la atención del radar lo haría en el propio aeropuerto de Atlanta.

En 1984, los Whittington se aliaron con el piloto Randy Lanier para formar un equipo llamado Blue Thunder Racing. Se trataba de un equipo totalmente nuevo, sin experiencia, sin patrocinadores, que, a pesar de todo, logró ganar el campeonato IMSA durante su primer año de participación. Llegaron incluso al punto de inventar empresas fantasma para apaciguar las aguas y así fingir que contaban con patrocinadores. La realidad es que no había nada detrás de aquellas marcas de cosmética o de perfume que se mostraban como sus sponsors. Tanto las carreras como todo el material era financiado por las ingentes cantidades de dinero que los hermanos venían ganando de forma ilegal. Toda aquella excentricidad, aquel ritmo de vida y todo el material deportivo de alta calidad del que venían haciendo gala, comenzaron a llamar la atención de la DEA.

 


Como era habitual: Porsche. Los tres primeros puestos fueron ocupados por el famoso 935 del Grupo 5. Tras esta edición de Le Mans, los pedidos de unidades 935 privadas se dispararon.


 

En 1986, los hermanos Whittington fueron acusados de los cargos de evasión de impuestos, blanqueamiento ilegal y tráfico de drogas. Don fue condenado a 18 meses de prisión tras devolver la suma de 7 millones de dólares en propiedades, lo que incluía algunos chasis Porsche 935 que habían ido recolectando durante años anteriores. Bill, en cambio, fue condenado a 15 años de cárcel y cumplió condena hasta principios de los 90. Una vez reinsertados en la sociedad, los hermanos volvieron a sus orígenes forjando una importante compañía de vuelo llamada World Jet, la cual al parecer, estuvo de nuevo bajo una investigación federal no concluyente.

Los Whittington llegaron a poseer su propia “flota” de Porsche 935. En 1978, antes del fenómeno de Le Mans, se habían hecho con un Porsche 934 que había sido convertido a 935 (Chasis #930 670 0152) por Dan McLaughlin, jefe de la empresa AIR emplazada en California. Posteriormente adquirieron un 935 Bi-Turbo con chasis #930 890 0023. Fue en 1979 cuando se hicieron con otros tres chasis, incluido el ganador de aquella edición de Le Mans. Se trataban de los chasis #930 990 0026, #930 990 0028 y el ya mencionado KREMER K3 #009 00015. Lo más llamativo es que durante aquella transacción también recibieron el extraño chasis #009 0004, el cual no disponía ni de motor, ni de caja de cambios, no siendo ésto un problema para ellos que entonces contaban con infinidad de repuestos para completar el coche. Uno de aquellos chasis fue repintado y adaptado para utilizarse incluso en un spot publicitario de la tabacalera Camel, cuyo escenario para tales efectos fue el propio autódromo de Road Atlanta ya entonces en posesión de la familia Whittington.

 

 

Aquella fue una etapa en la que los hermanos Whittington parecían disfrutar sobrepasando los límites de la ley. No solo fuera de la competición, si no también dentro de ella. Según comentan algunas fuentes, habrían sobornado a uno de los oficiales de carrera de Le Mans para que éste retirara los reguladores utilizados para la entrada de combustible en su Porsche 935. Este sello regulador tenía como cometido mantener un flujo de entrada equidistante entre todos los vehículos de la parrilla, de manera que el tiempo de repostaje fuera el mismo para todos los equipos, independientemente del vehículo y su categoría. Una vez retirado el sello, los hermanos habrían podido repostar de manera mucho más rápida que el resto. La cosa no quedó ahí. Tiempo después de todo lo acontecido, en el chasis 935 ganador de Le Mans se descubrió una cavidad de un tamaño considerable en la zona del conductor. Algunas fuentes contactaron con el personal del equipo que había trabajado en aquel chasis donde al parecer, decían que se había ubicado un kit de óxido nitroso que incrementó la potencia de los 750 cv originales hasta los 1000 cv. Este elemento habría sido instalado cuando el chasis fue trasladado a los Estados Unidos con motivo de la sesión de clasificación de Le Mans, en las que precisamente el coche obtuvo unos tiempos por vuelta realmente notables. Es más, se dice que al cruzar la línea de meta el flat-six del 935, un motor que entonces costaba 40.000 dólares, quedó dañado por el esfuerzo al que se sometió y se tuvo que intervenir. Una vez hubo terminado la sesión, el sistema debió ser retirado y por ello los comisarios de carrera no pudieron hallar la trampa.

Todo lo que aquí se relata es digno de un guión de Hollywood. Coches de carreras de élite, drogas, ingentes cantidades de dinero en efectivo, la DEA, ex convictos, óxido nitroso y por si fuera poco, desafinando en esta escueta sinopsis también se agregaban las 24 Horas de Le Mans. ¿Qué más se podría pedir? No cabe duda de que se trata de una historia increíble, probablemente ficticia para quien no conozca los datos, dotada de unos personajes y una trama que se podrían extrapolar a un sensacional largometraje, valga la redundancia.

 

 

 

 

 

 

Fuente: Themotorhood.

 

 

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