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Así era el imbatible jugador local. Mercury Cougar XR-7 IMSA GTO.

written by Héctor Jáñez 28 marzo, 2018
Así era el imbatible jugador local. Mercury Cougar XR-7 IMSA GTO.

Apreciable cuanto menos es la nítida prolongación que la plataforma Ford MN12 le consentía a este bárbaro norteamericano. Esquemáticamente desmenuzado, su afilada extensión de fibra y otros compuestos, aislaban principalmente a un infatigable V8 y a una buena dosis de pulgadas. ¿Y para qué más digo yo? Más semejante a un stock car de la época que al imperativo GT, esta inmensa obra supuso el retorno del Cougar a la competición oficial desde que hiciese su última intervención, allá por los años 60. Si bien Ford venía posicionando en pista a reclutas como los Mustangs, o los ovantes Sierra RS500 de los europeos, la idea de asociar a la séptima generación del Cougar con la proliferación de la IMSA no tardó en recibir luz verde. Bien fuese mediante la técnica del 4 cilindros turbo o a través de los colosales V8, como producto autóctono fue uno de los dominantes de la IMSA.


Los V8 de 5.5 litros equipados por Roush, eran moles mecánicas caracterizadas por una fiabilidad a prueba de bombas.


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En los años 80 el calendario de la IMSA había alcanzado quizás su límite de complejidad. Caracterizado por contener algunos de los eventos de resistencia más espinosos, los equipos se veían conminados a tener muy en cuenta su logística, así como toda apuesta concerniente a sus mecánicas. Por mínima que esta fuese; fiabilidad era algo vital.

Dejando de lado los V8 que armaba el Cougar XR-7 en sus versiones de calle, —los Windsor y los Modular— para los eventos más extremos, los chicos de Roush Racing se decantaban por los Clevelan V8 de 5.5 litros, con los que SVO (Special Vehicle Operations) ya había estado practicando. El resultado eran 675 cv de pura potencia patria, que castigaban ávidamente a los neumáticos traseros. Por el contrario, para los escenarios caracterizados por recorridos más razonables como el Grand Prix of Palm Beach, el gran felino, en aras de reducir costes, se conformaba con bloques turboalimentados de 4 cilindros en línea. Estos previamente se habían cocinado a fuego lento con ingredientes propios del 2.3 litros turbo del Mustang SVO y del mismo Sierra RS500 Cosworth. El resultado seguía siendo brutal.


Las motorizaciones de los Cougar eran distinguibles sin siquiera abrir el capó. Las unidades armadas con el V8, presentaban una importante protuberancia en el capó, mientras que en los 4 cilindros turbo este era totalmente plano.


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El éxito concentrado en torno al Cougar le permitió ser el amo y señor de la serie de 1989, con el piloto Peter Halsmer a la cabeza. En una batalla repleta de tecnología punta y vehículos de altísimo rendimiento, el equipo local se hizo con la copa, sin olvidar la durísima competencia que habían propuesto los alemanes con sus Audi 90 Quattro o los ingleses con los Castrol Jaguar. Pero no sería hasta descorchar los años 90, hasta que aparecía la auténtica Kryptonita de nuestro felino. Alguien que realmente le pondría en serios apuros. Los japoneses con sus Rotary Power, harían mella en la consolidada notoriedad que había conjugado el equipo Roush, desencadenando uno de los pulsos más demandados de la IMSA.

Adaptados a la nueva década, los felinos sustituían los motores de 4 cilindros por un V6 turbo, siguiendo el puro instinto americano con la máxima “contra más grande mejor” Aquella temporada el equipo fue patrocinado por el Whistler de detección de radares, volviendo a ser uno de los coches más destacados, por su inusual propuesta de trazos y por supuesto, por su grandioso rendimiento y versatilidad. ¿Os imagináis el poder de los infatiglables V8 girando al borde de las 10.000 rpm? Una tormenta perfecta que, en 1990 se anotó otro campeonato GTO. Para mí es sin duda, un coche de carreras digno de recordar, que incluso entraría sin mayor dilación dentro de mi top 10. Después de conocer su historia ¿vosotros qué opináis?

 

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