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Aquellos salones rodantes. Imperial LeBaron Hardtop 1975.

written by Héctor Jáñez 4 junio, 2017
Aquellos salones rodantes. Imperial LeBaron Hardtop 1975.

Por Héctor Shavershian.

Los años 70 fue una década difícil para la industria tras la crisis del petróleo de 1973. La primera crisis del petróleo de la historia, comenzaba en agosto de ese mismo año afectando rudamente a países como Japón o Estados Unidos, el cual constituía el 6% de la población mundial y un gasto del 33% de la energía del planeta. Los efectos fueron inmediatos ya que en 1974 el precio del petróleo se cuadriplicó, afectando especialmente de forma negativa a la industria automotriz.

Por entonces, Imperial ya era una marca de lujo consagrada que pertenecía al grupo Chrysler, y se distinguía por la producción de enormes coches con un gran carácter lujoso e impulsados por enormes motores V8, ligados a transmisiones automáticas.

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Representados a través de un águila imperial, los vehículos producidos por la filian de Chrysler se calificaban con una evolucionada tecnología y confort, que posteriormente heredaban sus demás compañeros de Chrysler. De hecho, Imperial fue una de las marcas que en un arrebato de valor, supo mantener aquella filosofía basada en grandes y robustos motores, a pesar del encarecimiento de la gasolina. Las cualidades de confort y su conducción suave y relajada, hacían que el coste adicional por el mantenimiento de los Imperial estuviese más que justificado.

El parque automovilístico americano, en el que dominaban los enormes motores de cilindradas colosales, fue uno de los más afectados por la primera crisis del petróleo.

Chrysler Corporation aún no disponía de los acuerdos internacionales que posibilitaron a partir del 79 la importación de vehículos al extranjero, pero contaba con el aliciente de ciertas relaciones comerciales con una compañía fundada por un tal Eduardo Barreiros. De esta manera, gracias al contrato establecido en 1966 entre ambas compañías, los opulentos Imperial pudieron comercializarse en España mediante la red de Barreiros Diesel. Aunque precisamente no fuese muy habitual encontrarnos con enormes unidades americanas por nuestras carreteras, hasta que el imperio creado por Chrysler pasó a pertenecer al grupo PSA, supuso la única referencia de importación en nuestro país.

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En aquellos años, Imperial que era la marca con mayor prestigio y lujo en el grupo Chrysler, no disfrutaba ni tan si quiera de unas ventas decentes en su patria, por lo que la importación suponía un gran aliciente para la marca.

Elegancia de salón a base de una gruesa moqueta, un cuero de la mejor calidad y un espacio digno de una limusina. No montaba asientos, si no auténticos tronos.

De aspecto definido e imponente, uno de sus rasgos más característicos es su doble parrilla central de efecto cascada. Sobre está, descansaba el vital emblema que tanto les gustaba acentuar a las marcas norteamericanas de aquella época. El soberano águila era el sello del Imperial. Mientras no requiriésemos su servicio, la iluminación delantera permanecía oculta tras dos tapas, las cuales se accionaban desde el conmutador interior para dejar al descubierto dos grupos dobles de ópticas redondas, alimentadas por General Electric. En una de las tapas, una vez más, podemos leer en un elegante formato la leyenda de Imperial. En los extremos de su morro, fuertemente marcados por unas características aristas, se acoplan las luces de posición blancas ligadas también a la intermitencia. Su parachoques cromado nos regala un plano con picos salientes que se adapta a la perfección con las líneas generales del buque americano.

Seguramente de primeras, el diseño de este Imperial nos recuerde bastante al célebre Lincoln Continental Mark III, y es que ambos modelos corrieron por cuenta del diseñador Elwood Engel, el cual había trabajó anteriormente para Ford. A simple vista los coches americanos nos sugieren unas cotas desmesuradas, pero en el Imperial es un detalle aún más apoteósico. Desde la base de su luna trasera, hasta el final del paragolpes, se podía medir 1,08 metros. En aquella época, los pequeños detalles jugaban un papel importante en el remate de un vehículo, por eso, unos brillantes tapacubos metálicos que lucían el vigoroso águila imperial, son algo que no podemos dejar pasar por alto. Detrás de los mismos, un equipo de frenos con discos de 295mm nada menos, sería el encargado de frenar esta mole de más de 2.300 Kg.

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Estamos hablando de un conjunto con un morro de 1,92 metros de largo, el cual es inmenso incluso para su portador, un V8 de 7,2 litros. Durante este año el bloque de GM estrenaba un evolucionado sistema de encendido electrónico, que a su vez se alimentaba mediante un carburador Carter de cuatro cuerpos. Todo el grupo motor presumía de algunas novedades tecnológicas como el servofreno, una bomba para la dirección asistida, compresor para el aire acondicionado o su cómoda pero tediosa caja de cambios automática de cuatro relaciones. Por otro lado, los 230 cv que declaraba su V8 no eran un gran desenlace teniendo en cuenta aquel motor y cilindrada, así como su pujante peso, pero eran más que suficientes para que este buque se desenvolviese con cierta elasticidad.

Incluía control de velocidad y climatizador automático. Rodeado de madera y de cuero de primera calidad, el Imperial era un salón rodante que además ofrecía buenas prestaciones.

Acceder al interior de todo un Imperial debía de ser una sensación reconfortante. Sus enormes y pesadas puertas alcanzaban los 28 centímetros de grosor, detalle que al menos, debía de proporcionar cierta sensación de aplomo y seguridad. El puesto del conductor ofrece una instrumentación sobria pero perfectamente funcional. Hay que recordar que hubo un periodo en el que los coches no necesitaban enormes pantallas táctiles ni consolas infestadas de botones o touchpads. A partes iguales, la madera y el cuero rodean prácticamente un salpicadero que supera el metro y medio de longitud. Los clásicos tonos marrones hacen buenas migas con la madera veteada y el estilo burgués de los años 70, rematándose básicamente en una instrumentación muy lineal.

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La tapicería de cuero se acompañaba de los clásicos botones que emulaban a los sofás más distinguidos de entonces, y tanto la distancia como la altura de la banqueta, se controlaba electrónicamente. Y ya que hablamos de cuero, se me olvidaba mencionar su techo de vinilo el cual luce un remate exquisito, exhibiendo en los laterales la leyenda LeBaron, que nos recuerda a los modelos más prestigiosos de la marca.

Un habitáculo de otro mundo, rico en espacio y calidad, debían de hacer que cada viaje fuese de ensueño, aunque quizás se tornase en pesadilla a la hora de repostar en la gasolinera.

 

 

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